miércoles, 21 de noviembre de 2007

EJERCICIO ESPIRITUALIDAD


EJERCICIO DE CRECIMIENTO EN LA FE


A este espacio de profundización existencial sólo puedes acceder si renuncias a tus seguridades y con humildad reconoces tus limitaciones y la necesidad hacer consciente la presencia de Dios en tu vida.


Hemos querido simbolizar el significado de este EJERCICIO DE REFLEXIÓN con un SEMÀFORO EN AMARILLO, que te está invitando a moderar tu velocidad en la autopista de la vida, a reflexionar, a orar, a detenerte, a descansar para continuar el viaje hacia la casa del Padre.En el camino de la vida cristiana encontrarás señales muy importantes para evitarte accidentes y desastres, señales que te llevarán a realizarte en la vida. Obsérvalas, Interprètalas y asùmelas.


Una sola dirección. En la vida cristiana, el camino va en una sola dirección: Buscar el Reino de Dios”, lo demás vendrá por añadidura. (Lc 12:22-32). ¿En este momento, qué o quien ocupa el centro en mi vida?. No olvides que donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón.


Curvas a la derecha y/o a la izquierda. En la vida cristiana esas curvas representan las tentaciones a las cuales estamos expuestos a diario y que sólo si estamos en vela, despiertos, concientes, podremos superar, al estilo de Jesús. (Mt 4:1-11). ¿Cuáles son las tentaciones que más se hacen presentes en mi vida? Describo.


Doble vía. En la vida cristiana esta doble vía representa a quienes permanecen firmes en la fe y a quienes vuelven su mirada hacia atrás retomando sus viejas andanzas. (Lc 18:18-30). ¿Me es fácil permanecer firme en la fe o caigo frecuentemente en las actitudes que consideraba superadas? Describo.

Caída de piedras. En la vida cristiana esas piedras representan las dificultades y contrariedades que trae consigo el ser coherente con lo que obra Dios en nosotros. (Mt 16:1-4). ¿Asumo con tranquilidad las consecuencias que brotan de vivir de manera auténtica? o ¿me desanimo y pierdo la motivación para seguirlo haciendo? Describo.

Glorieta. En la vida cristiana esa glorieta representa la actitud que solemos asumir cuando nos quedamos cavilando demasiado un malentendido, una dificultad, al punto de llegar a desesperarnos y se hace más que necesaria la ayuda de Jesús. (Lc 8:22-25). ¿Suelo hacer fijaciones sobre las dificultades que me sobrevienen, o desde la fe busco la manera de remediarlas sin permitir que trasciendan? Describo.


Estación de servicio. En la vida cristiana la estación de servicio representa la oración y las personas que nos nutren porque con su testimonio nos remiten a Dios. (Mt 26: 36-44). ¿Es para mí importante la oración?, ¿Suelo ser constante o me olvido fácilmente de abrir ese espacio en mi vida? Describo.


Prohibido girar en U. En la vida cristiana esta señal es una invitación a la constancia y la fidelidad. (Jun 12:23-26). ¿Estoy convencido (a) de aquello que experimento de Dios en mí a pesar de las dificultades que a diario se me presentan? Describo.


Camino que se estrecha. En la vida cristiana, esa vía estrecha que es a su vez paso obligatorio, es la actitud de coherencia y autenticidad frente a lo que se vive a diario. (Mt 7:13-14). Ese paso obligatorio no es otro que Jesús de Nazareth. (Jn 14: 5-7). ¿Es Jesús para mí, camino de realización humana? ¿en qué lo noto?; ¿Experimento en el proyecto de vida de Jesús, la plenitud que tanto anhelo?; ¿Veo en Jesús, la verdad sobre la existencia humana que libera?


Prohibido estacionar. En la vida cristiana esta señal, representa la actitud que por momentos solemos asumir cuando nos desanimamos y dejamos de orar, aún sabiendo de la importancia que tiene para la vida. Esta actitud no la podemos consentir, es necesario seguir adelante. (Lc 18:1-8). ¿He sentido el deseo de parar en mi proceso de crecimiento espiritual?, ¿Qué ha motivado este deseo?. Recuerda que la invitación es a no parar y seguir adelante.


Descenso peligroso. En la vida cristiana, esta señal nos remite a aquellos momentos de negación, sin quererlo, hay situaciones en las cuales negamos a Jesús y con ello nos negamos la posibilidad de avanzar en nuestro proceso de construcción humana. (Mc 14:66-72). ¿De qué manera suelo negar a Jesús?, ¿Qué actitudes de mi vida reflejan dicha negación? Describo.


Ceda el paso. En la vida cristiana la autoridad no está en la recitación de discursos bien elaborados, sino en el testimonio, frente a él, no queda más alternativa que ceder el paso. (Mc 9:38-40). ¿Me es fácil reconocer y aceptar el testimonio de los demás, así no sean personas de mis afectos o pertenezcan a otro credo religioso?


Zona de alimentación. En la vida cristiana, la señal de la zona de alimentación está referida a la Eucaristía (Jn 6:51-58), y a la actitud de querer hacer siempre la voluntad del Padre (Jn 4:31-34). ¿Qué es para mí la Eucaristía?, ¿Me siento fortalecido (a) cuando celebro la Eucaristía? ¿En qué lo noto?; ¿Es para mí importante hacer la voluntad de Dios, aunque por momentos sea difícil? Describo.

DIACONADO PERMANENTE


CONGREGACIÓN PARA EL CLERO
DIRECTORIO PARA EL MINISTERIO Y LA VIDADE LOS DIÁCONOS PERMANENTES


1.- EL ESTATUTO JURÍDICO DEL DIÁCONO

El diácono ministro sagrado
1. El diaconado tiene su origen en la consagración y en la misión de Cristo, de las cuales el diácono está llamado a participar.(34) Mediante la imposición de las manos y la oración consecratoria es constituído ministro sagrado, miembro de la jerarquía. Esta condición determina su estatuto teológico y jurídico en la Iglesia.

La incardinación
2. En el momento de la admisión todos los candidatos deberán expresar claramente y por escrito la intención de servir a la Iglesia(35) durante toda la vida en una determinada circunscripción territorial o personal, en un Instituto de Vida Consagrada, en un Sociedad de Vida apostólica, que tengan la facultad de incardinar.(36) La aceptación escrita de tal petición está reservada a quien tenga la facultad de incardinar, y determina quien es el superior del candidato.(37)
La incardinación es un vínculo jurídico, que tiene valor eclesiológico y espiritual en cuanto que expresa la dedicación ministerial del diácono a la Iglesia.
3. Un diácono ya incardinado en una circunscripción eclesiástica, puede ser incardinado en otra circunscripición a norma del derecho.(38)
El diácono que, por justos motivos, desea ejercer el ministerio en una diócesis diversa de aquella de la incardinación, debe obtener la autorización escrita de los dos obispos.
Los obispos favorezcan a los diáconos de su diócesis, que desean ponerse a disposición de las Iglesias, que sufren por la escasez de clero, sea en forma definitiva, sea por tiempo determinado, y, en particular, a aquellos que piden dedicarse, previa una específica y cuidadosa preparación, para la misión ad gentes. Las necesarias relaciones serán reguladas con un adecuado acuerdo entre los obispos interesados.(39)
Es deber del obispo seguir con particular solicitud a los diáconos de su diócesis.(40) Él se dirigirá con especial premura, proveyendo personalmente o mediante un sacerdote delegado suyo, hacia aquellos que, por su situación, se encuentren en especiales dificultades.
4. El diácono incardinado en un Instituto de Vida Consagrada o en una Sociedad de Vida Apostólica, ejercerá su ministerio bajo la potestad del obispo en todo aquello que se refiere al cuidado pastoral, al ejercicio público del culto divino y a las obras de apostolado, quedando también sujeto a los propios superiores, según su competencia y manteniéndose fiel a la disciplina de la comunidad de referencia.(41) En caso de traslado a otra comunidad de diversa diócesis, el superior deberá presentar el diácono al Ordinario con el fin de obtener de éste la licencia para el ejercicio del ministerio, según la modalidad que ellos mismos determinarán con sabio acuerdo.
5. La vocación específica del diaconado permanente supone la estabilidad en este orden. Por tanto, un eventual paso al presbiterado de diáconos no casados o que hayan quedado viudos será una rarísima excepción, posible sólo cuando especiales y graves razones lo sugieran. La decisión de admisión al Orden del Presbiterado corresponde al propio obispo diocesano, si no hay otros impedimentos reservados a la Santa Sede(42) Sin embargo, dada la excepcionalidad del caso, es oportuno que él consulte previamente a la Congregación para la Educación Católica respecto a lo que se refiere al programa de preparación intelectual y teológica del cadidato y la Congregación para el Clero acerca el programa de preparación pastoral y las actitudes del diácono al ministerio presbiteral.

Fraternidad sacramental
6. Los diáconos, en virtud del orden recibido, están unidos entre sí por la hermandad sacramental. Todos ellos actúan por la misma causa: la edificación del Cuerpo de Cristo, bajo la autoridad del obispo, en comunión con el Sumo Pontífice.(43) Siéntase cada diácono ligado a sus hermanos con el vínculo de la caridad, de la oración, de la obediencia al propio obispo, del celo ministerial y de la colaboración.
Es bueno que los diáconos, con el consentimiento del obispo y en presencia del obispo mismo o de su delegado, se reúnan periódicamente para verificar el ejercicio del propio ministerio, intercambiar experiencias, proseguir la formación, estimularse recíprocamente en la fidelidad.
Estos encuentros entre diáconos permanentes pueden constituir un punto de referencia también para los candidatos a la ordenación diaconal.
Corresponde al obispo del lugar alimentar en los diáconos que trabajan en la diócesis un «espíritu de comunión», evitando la formación de aquel «corporativismo», que influyó en la desaparición del diaconado permanente en los siglos pasados.

Obligaciones y derechos
7. El estatuto del diácono comporta también un conjunto de obligaciones y derechos específicos, a tenor de los cann. 273-283 del Código de Derecho Canónico, que se refieren a las obligaciones y a los derechos de los clérigos, con las peculiaridades allí previstas para los diáconos.
8. El rito de la ordenación del diácono prevé la promesa de obediencia al obispo: «¿Prometes a mí y mis sucesores filial respeto y obediencia?».(44)
El diácono, prometiendo obediencia al obispo, asume como modelo a Jesús, obediente por excelencia (cf. Fil 2, 5-11), sobre cuyo ejemplo caracterizará la propia obediencia en la escucha (cf. Heb 10, 5ss; Jn 4, 34) y en la radical disponibilidad (cf. Lc 9, 54ss; 10, 1ss).
Él, por esto, se compromete sobre todo con Dios a actuar en plena conformidad a la voluntad del Padre; al mismo tiempo se compromete también con la Iglesia, que tiene necesidad de personas plenamente disponibles.(45) En la plegaria y en el espíritu de oración del cual debe estar penetrado, el diácono profundizará diariamente el don total de sí, como ha hecho el Señor «hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil 2,8).
Esta visión de la obediencia predispone a la acogida de las concretas obligaciones asumidas por el diácono con la promesa hecha en la ordenación, según cuanto está previsto por la ley de la Iglesia: «Los clérigos, si no les exime un impedimento legítimo, están obligados a aceptar y desempeñar fielmente la tarea que les encomiende su ordinario»(.46)
El fundamento de la obligación está en la participación misma en el ministerio episcopal, conferida por el sacramento del Orden y por la misión canónica. El ámbito de la obediencia y de la disponibilidad está determinado por el mismo ministerio diaconal y por todo aquello que tiene relación objetiva, directa e inmediata con él.
Al diácono, en el decreto en que se le confiere el oficio, el obispo le atribuirá las tareas correspondientes a sus capacidades personales, a la condición celibataria o familiar, a la formación, a la edad, a las aspiraciones reconocidas como espiritualmente válidas. Serán también definidos el ámbito territorial o las personas a las que dirigirá su servicio apostólico; será igualmente especificado si su oficio es a tiempo pleno o parcial, y qué presbítero será el responsable de la «cura animarum», relativa al ámbito de su oficio.
9. Es deber de los clérigos vivir el vínculo de la fraternidad y de la oración, comprometiéndose en la colaboración mutua y con el obispo, reconociendo y promoviendo la misión de los fieles laicos en la Iglesia y en el mundo,(47) conduciendo un estilo de vida sobrio y simple, que se abra a la ‘cultura del dar' y favorezca una generosa caridad fraterna.(48)
10. Los diáconos permanentes no están obligados a llevar el hábito eclesiástico, como en cambio lo están los diáconos candidatos al presbiterado,(49) para los cuales valen las mismas normas previstas universalmente para los presbíteros.(50)
Los miembros de los Institutos de Vida consagrada y las Sociedades de Vida apostólica se atendrán a cuanto está dispuesto para ellos en el Código de Derecho Canónico.(51)
11. La Iglesia reconoce en el propio ordenamiento canónico el derecho de los diáconos para asociarse entre ellos, con el fin de favorecer su vida espiritual, ejercitar obras de caridad y de piedad y conseguir otros fines, en plena conformidad con su consagración sacramental y su misión.(52)
A los diáconos, como a los otros clérigos, no les está permitida la fundación, la adhesión y la participación en asociaciones o agrupaciones de cualquier género, incluso civiles, incompatibles con el estado clerical, o que obstaculicen el diligente cumplimiento de su ministerio. Evitarán también todas aquellas asociaciones que, por su naturaleza, finalidad y métodos de acción vayan en detrimento de la plena comunión jerárquica de la Iglesia; además aquellas que acarrean daños a la identidad diaconal y al cumplimiento de los deberes que los diáconos ejercen en el servicio del pueblo de Dios; y, finalmente, aquellas que conspiran contra la Iglesia.(53)
Serían totalmente incompatibles con el estado diaconal aquellas asociaciones que quisieran reunir a los diáconos, con la pretensión de representatividad, en una especie de corporación, o de sindicato, o en grupos de presión, reduciendo, de hecho, su sagrado ministerio a una profesión u oficio, comparable a funciones de carácter profano. Además, son totalmente incompatibles aquellas asociaciones, que en cualquier modo desvirtúan la naturaleza del contacto directo e inmediato, que cada diácono debe tener con su propio obispo.
Tales asociaciones están prohibidas porque resultan nocivas al ejercicio del sagrado ministerio diaconal, que corre el riesgo de ser considerado como prestación subordinada, e introducen así una actitud de contraposición respecto a los sagrados pastores, considerados únicamente como empresarios.(54)
Téngase presente que ninguna asociación privada puede ser reconocida como eclesial sin la previa recognitio de los estatutos por parte de la autoridad eclesial competente;(55) que la misma autoridad tiene el derecho-deber de vigilar sobre la vida de las asociaciones y sobre la consecución de la finalidad de sus estatutos.(56)
Los diáconos, provenientes de asociaciones o movimientos eclesiales, no sean privados de las riquezas espirituales de tales agrupaciones, en las que pueden seguir encontrando ayuda y apoyo para su misión en el servicio de la Iglesia particular.
12. La eventual actividad profesional o laboral del diácono tiene un significado diverso de la del fiel laico.(57) En los diáconos permanentes el trabajo permanece, de todos modos, ligado al ministerio; ellos, por tanto, tendrán presente que los fieles laicos, por su misión específica, están «llamados de modo particular a hacer que la Iglesia esté presente y operante en aquellos lugares y circunstancias, en las que ella no puede ser sal de la tierra sino por medio de ellos».(58)
La vigente disciplina de la Iglesia no prohíbe que los diáconos permanentes asuman o ejerzan una profesión con ejercicio de poderes civiles, ni que se dediquen a la administración de los bienes temporales o que ejerzan cargos seculares con la obligación de dar cuentas de ellos, como excepción a cuanto se ha dicho sobre los demás clérigos.(59) Dado que dicha excepción puede ser inoportuna, está previsto que el derecho particular pueda determinar diversamente.
En el ejercicio de las actividades comerciales y de los negocios,(60) que les están permitidos si no hay previsiones diversas y oportunas por parte del derecho particular, será deber de los diáconos dar un buen testimonio de honestidad y de rectitud deontológica, incluso en la observancia de las obligaciones de justicia y de las leyes civiles que no estén en oposición con el derecho natural, el Magisterio, a las leyes de la iglesia y a su libertad.(61)
Esta excepción no se aplica a los diáconos pertenecientes a Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica.(62)
Los diáconos permanentes siempre tendrán cuidado de valorar cada situación con prudencia, pidiendo consejo al propio obispo, sobre todo en los casos y en las situaciones más complejas. Tales profesiones, aunque honestas y útiles a la comunidad —si ejercidas por un diácono permanente— podrían resultar, en determinadas circunstancias, difícilmente compatibles con la responsabilidad pastoral propia de su ministerio. Por tanto, la autoridad competente, teniendo presente las exigencias de la comunión eclesial y los frutos de la acción pastoral al servicio de ésta, debe valorar prudentemente cada caso, aunque cuando se verifiquen cambios de profesión después de la ordenación diaconal.
En casos de conflicto de conciencia, los diáconos deben actuar, aunque con grave sacrificio, en conformidad con la doctrina y la disciplina de la Iglesia.
13. Los diáconos, en cuanto ministros sagrados, deben dar prioridad al ministerio y a la caridad pastoral, favoreciendo «en sumo grado el mantenimiento, entre los hombres, de la paz y de la concordia».(63)
El compromiso de militancia activa en los partidos políticos y sindicatos puede ser consentido en situaciones de particular relevancia para «la defensa de los derechos de la Iglesia o la promoción del bien común»,(64) según las disposiciones adoptadas por las Conferencias Episcopales;(65) permanece, no obstante, firmemente prohibida, en todo caso, la colaboración con partidos y fuerzas sindicales, que se basan en ideologías, prácticas y coaliciones incompatibles con la doctrina católica.
14. El diácono, por norma, para alejarse de la diócesis «por un tiempo considerable», según las especificaciones del derecho particular, deberá tener autorización del propio Ordinario o Superior Mayor.(66)

Sustento y seguridad social
15. Los diáconos, empeñados en actividades profesionales deben mantenerse con las ganancias derivadas de ellas.(67)
Es del todo legítimo que cuantos se dedican plenamente al servicio de Dios en el desempeño de oficios eclesiásticos,(68) sean equitativamente remunerados, dado que «el trabajador es digno de su salario» (Lc 10, 7) y que «el Señor ha dispuesto que aquellos que anuncian el Evangelio vivan del Evangelio» (1 Cor 9,14). Esto no excluye que, como ya hacía el apóstol Pablo (cf. 1 Cor 9,12), no se pueda renunciar a este derecho y se provea diversamente al propio sustento.
No es fácil fijar normas generales y vinculantes para todos en relación al sustento, dada la gran variedad de situaciones que se dan entre los diáconos, en las diversas Iglesias particulares y en los diversos países. En esta materia, además, hay que tener presentes también los eventuales acuerdos estipulados por la Santa Sede y por las Conferencias Episcopales con los gobiernos de las naciones. Se remite, por esto, al derecho particular para oportunas determinaciones.
16. Los clérigos, en cuanto dedicados de modo activo y concreto al ministerio eclesiástico, tienen derecho al sustento, que comprende «una remuneración adecuada»(69) y la asistencia social.(70)
Respecto a los diáconos casados el Código de Derecho Canónico dispone lo siguiente: «Los diáconos casados plenamente dedicados al ministerio eclesiástico merecen una retribución tal que pueda sostener a sí mismos y a su familia; pero quienes, por ejercer o haber ejercido una profesión civil, ya reciben una remuneración, deben proveer a sus propias necesidades y a las de su familia con lo que cobren por ese título».(71) Al establecer que la remuneración debe ser «adecuada», son también enunciados los parámetros para determinar y juzgar la medida de la remuneración: condición de la persona, naturaleza del cargo ejercido, circunstancias de lugar y de tiempo, necesidades de la vida del ministro (incluidas las de su familia si está casado), justa retribución para las personas que, eventualmente, estuviesen a su servicio. Se trata de criterios generales, que se aplican a todos los clérigos.
Para proveer al «sustento de los clérigos que prestan servicios a favor de la diócesis», en cada Iglesia particular debe constituirse un instituto especial, con la finalidad de «recoger los bienes y las ofertas».(72)
La asistencia social en favor de los clérigos, si no ha sido dispuesto diversamente, es confiada a otro instituto apropiado.(73)
17. Los diáconos célibes, dedicados al ministerio eclesiástico en favor de la diócesis a tiempo completo, si no gozan de otra fuente de sustento, tienen derecho a la remuneración, según el principio general.(74)
18. Los diáconos casados, que se dedican a tiempo completo al ministerio eclesiástico sin recibir de otra fuente retribución económica, deben ser remunerados de manera que puedan proveer al propio sustento y al de la familia,(75) en conformidad al susodicho principio general.
19. Los diáconos casados, que se dedican a tiempo completo o a tiempo parcial al ministerio eclesiástico, si reciben una remuneración por la profesión civil, que ejercen o han ejercido, están obligados a proveer a sus propias necesidades y a las de su familia con las rentas provenientes de tal remuneración.(76)
20. Corresponde al derecho particular reglamentar con oportunas normas otros aspectos de la compleja materia, estableciendo, por ejemplo, que los entes y las parroquias, que se benefician del ministerio de un diácono, tienen la obligación de reembolsar los gastos realizados por éste en el desempeño del ministerio.
El derecho particular puede, además, definir qué obligaciones deba asumir la diócesis en relación al diácono que, sin culpa, se encontrase privado del trabajo civil. Igualmente, será oportuno precisar las eventuales obligaciones económicas de la diócesis en relación a la mujer y a los hijos del diácono fallecido. Donde sea posible, es oportuno que el diácono suscriba, antes de la ordenación, un seguro que prevea estos casos.

Pérdida del estado de diácono
21. El diácono está llamado a vivir con generosa entrega y renovada perseverancia el orden recibido, con fe en la perenne fidelidad de Dios. La sagrada ordenación, validamente recibida, jamás se pierde. Sin embargo, la pérdida del estado clerical se da en conformidad con lo estipulado por las normas canónicas.(77)
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NOTAS
(1) Cf. Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos, Aclaraciones sobre el valor vinculante del artículo 66 del Directorio para el Ministerio y la vida de los Presbíteros, 22 de octubre de 1994, en Revista Sacrum Ministerium 295. 263.
(2) Esta parte introductiva es común a la «Ratio» y al «Directorio». En el caso de publicación separada de los dos documentos, éstos deberán llevarla.
(3) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium, 18.
(4) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1581.
(5) Cf. ibidem, n. 1536.
(6) Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1538.
(7) Ibidem, n. 875.
(8) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium, 28.
(9) Cf. ibidem, 20; C.I.C., can. 375, § 1.
(10) Catecismo de Iglesia Católica, 876.
(11) Cf. ibidem, n. 877.
(12) Ibidem, n. 878.
(13) Catecismo de la Iglesia Católica, n. 879.
(14) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium, 29; Pablo VI, Carta Ap. Ad Pascendum (15 agosto 1972), AAS 64 (1972), 534.
(15) Además, entre los 60 colaboradores que aparecen en sus cartas, algunos están nombrados como diáconos: Timoteo (1 Tes 3, 2), Epafra (Col 1, 7), Tiquico (Col 4, 7; Ef 6, 2).
(16) Cf. Epist. ad Philadelphenses, 4; Epist. ad Smyrnaeos, 12, 2; Epist. ad Magnesios, 6, 1: F. X. Funk (ed), Patres Apostolici, Tubingae 1901, pp. 266-267; 286-287; 234-235.
(17) Cf. Didascalia Apostolorum (Siriaca), capp. III, XI: A. Vööbus (ed.), The «Didascalia Apostolorum» in Syriae (texto original y traducción en inglés), CSCO vol. I, n. 402, (tomo 176), pp. 29-30; Vol. II, n. 408, (tomo 180), pp. 120-129; Didascalia Apostolorum, III, 13 (19), 1-7: F. X. Funk (ed.), Didascalia et Constitutiones Apostolorum, Paderbornae 1906, I, pp. 212-216.
(18) Cf. los Cánones 32 y 33 Concilio de Elvira (3003), los canones 16 (15), 18, 21 del Concilio de Arles I (314), los canones 15, 16, 18 del Concilio de Nicea I (325).
(19) Cada Iglesia local, en los primeros tiempos del cristianismo, debía tener un número de diáconos «proporcionado al de los miembros de la Iglesia», para que pudieran conocer y ayudar a cada uno» (cf. Didascalia de los doce apóstoles, III, 12: (16) F. X. Funk, ed. cit., I, p. 208). En Roma, el papa San Fabián (236-250) había dividido la ciudad en siete zonas («regiones», más tarde llamadas «diaconías») en las que era colocado un diácono («regionarius») para la promoción de la caridad y la asistencia a los necesitados. Análoga era la organización «diaconal» en muchas ciudades orientales y occidentales en los siglos tercero y cuarto.
(20) Cf. Concilio de Trento, Sesión X (XXIII) XIII, Decreto De reformatione, c. 17: Conciliorum Oecumenicorum Decreta, ed. bilinüe cit., p. 750.
(21) LG 29.
(22) AAS 59 (1967), 697-704.
(23) AAS 60 (1968), 369-373.
(24) AAS 64 (1972), 534-540.
(25) Los cánones que hablan explícitamente de los diáconos son una decena: 236, 276, § 2, 3o; 281, § 3; 288; 1031, §§ 2-3; 1032, § 3; 1035, § 1; 1037; 1042, 1o; 1050, 3o.
(26) Cf. C.I.C., can. 1031, § 1.
(27) Pablo VI, Cart. Ap. Sacrum Diaconatus Ordinem: (18 de junio de 1969): AAS 59 (1967), p. 698.
(28) Juan Pablo II, Alocución (16 de marzo de 1985), n. 1: Enseñanzas, VIII, 1 (1985), p. 648. Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 29; Decr. Orientalium Ecclesiarum, 17.
(29) Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia General del 6 de octubre de 1993; n. 5: Enseñanzas, XVI, 2 [1993], p. 954).
(30) «Una exigencia particularmente sentida de cara a la decisión del restablecimiento del diaconado permanente era y es la de una mayor y más directa presencia de los ministros de la Iglesia en los distintos ambientes de la familia, del trabajo, de la escuela, etc. además de las estructuras pastorales ya existentes» (Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia General del 6 de octubre de 1993, n. 6: Enseñanzas, XVI, 2, (1993), p. 954.
(31) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen Gentium, 29b.
(32) Cf. ibidem, decr. Ad gentes, 16.
(33) Ibidem, Decr. Ad gentes, 16. Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1571.

(34) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 28a.
(35) Cf. C.I.C., can. 1034, 1; Pablo VI, Cart. ap. Ad pascendum, I, a: l.c., 538.
(36) Cf. C.I.C., cann. 265-266.
(37) Cf. C.I.C., cann. 1034, § 1; 1016; 1019. Cost. ap. Spirituali militum curae, VI, §§ 3-4; C.I.C., Can. 295, § 1.
(38) Cf. C.I.C., cann. 267-268, § 1.
(39) Cf. C.I.C., can. 271.
(40) Cf. Pablo VI, Carta Ap. Sacrum Diaconatus ordinem, VI, 30:l.c., 703.
(41) Cf. C.I.C., can. 678, 1-3; 715; 738; cf. también Pablo VI, Carta Ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, VII, 33-35: l.c., 704.
(42) Cf. Secretaría de Estado, Carta al Cardenal prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Prot. N. 122.735, del 3 de enero de 1984.
(43) Cf. Conc. Vat. II Decr. Christus Dominus, n. 15; Pablo VI, Carta ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, 23: l.c., 702.
(44) Pontificale Romanum - De Ordinatione Episcopi, Presbyterorum et Diaconorum, n. 201 Ed. typica altera, Typis Vaticanis, 1990, p. 110; cf. también C.I.C., can. 273.
(45) «...Quien estuviese dominado por una mentalidad de contestación, o de oposición a la autoridad, no podría cumplir adecuadamente las funciones diaconales. El diaconado no puede ser conferido sino a aquellos que creen en el valor de la misión pastoral del obispo y del presbítero, y en la asistencia del Espíritu Santo que les guía en su actividad y en sus decisiones. En particular se insiste en que el diácono debe «profesar al obispo reverencia y obediencia»... el servicio del diácono está dirigido, después, a la propia comunidad cristiana y a toda la Iglesia, hacia la cual debe cultivar una profunda adhesión, por motivo de su misión y de su institución divina» (Juan Pablo II, Catequesis en la audiencia general del 20 octubre 1993, n. 2: «L'Osservatore Romano», 21 octubre 1993, n. 2: Enseñanzas XVI, 2 [1993], p. 105).
(46) Cf. C.I.C., can. 274, § 2.
(47) «...Entre los deberes del diácono está el de "promover y sostener la actividad apostólica de los laicos". En cuanto presente e inserto más que el sacerdote en los ambientes y en las estructuras seculares, él se debe sentir animado a favorecer el acercamiento entre el ministerio ordinario y la vida de los laicos, en el común servicio al Reino de Dios» (Juan Pablo II, Catequesis en la Audiencia General del 13 de octubre de 1993, n. 5: «L'Osservatore Romano», 14 octubre 1993 Enseñanzas XVI, 2 [1993], pp. 1002-1003); cf. C.I.C. can. 275.
(48) Cf. C.I.C., can. 282.
(49) Cf. C.I.C., can. 288, en referencia al can. 284.
(50) Cf. C.I.C., can. 284, Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros Tota Ecclesia (31 enero 1994), n. 66; Libreria Editrice Vaticana, 1994, pp. 67-68; Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos, aclaración a cerca del valor vinculante del artículo 66, 22 octubre 1994; Rivista «Sacrum Ministerium» 2 (1995), p. 263.
(51) Cf. C.I.C., can. 669.
(52) Cf. C.I.C., can. 278, 1-2, en explicitación del canon 215.
(53) Cf. C.I.C., can. 278, 3 y can. 1374; y también Conferencia Episcopal Alemana, Dech. «Iglesia Católica y masonería», 28 de febrero de 1980.
(54) Cf. Congregración para el Clero, Declar. Quidam Episcopi (8 de marzo de 1982), IV: AAS 74 (1982), 624-645.
(55) Cf. C.I.C., can. 299, 3; can. 304.
(56) Cf. C.I.C., can. 305.
(57) Cf. Juan Pablo II, Alocución a los Obisbos de Zaire en Visita «ad Limina» (30 abril 1983), n. 4: Enseñanzas VI, 1 (1983), pp. 1112-1113); Alocución a los Diáconos permanentes (16 marzo 1985): Enseñanzas, VIII, 1 (1985), pp. 648-650; cf. también Alocución para la ordenación de ocho nuevos obisbos en Kinshasa (4 mayo 1980), 3-5: Enseñanzas, III 1 (1980), pp. 1111-1114; Catequesis de la Audiencia General (6 octubre 1993): Enseñanzas, XVI, 2 (1993), pp. 951-955.
(58) Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen gentium, 33; cf. también C.I.C., can. 225.
(59) Cf. C.I.C., can 288, referencia al can. 285, §§ 3-4.
(60) Cf. Ibidem, can. 288, referencia al can. 286.
(61) Cf. Ibidem, can. 222, § 2 y también can. 225, § 2.
(62) Cf. Ibidem, can. 672.
(63) C.I.C., can. 287, § 1.
(64) Ibidem, can. 287 § 2.
(65) Cf. ibidem, can. 288.
(66) Cf. Ibidem, can. 283.
(67) Cf. Pablo VI, Carta Ap. Sacrum Diaconatus Ordinem, 21: l.c., 701.
(68) Cf. C.I.C., can. 281.
(69) «Los clérigos dedicados al ministerio eclesiástico merecen una retribución conveniente a su condición, teniendo en cuenta tanto la naturaleza del oficio que desempeñan como las circunstancias de lugar y tiempo, de manera que puedan proveer a sus propias necesidades y a la justa remuneración de aquellas personas cuyo servicio necesitan» (C.I.C., can. 281, § 1).
(70) «Se ha de cuidar igualmente de que gocen de asistencia social, mediante la que se provea adecuadamente a sus necesidades en caso de enfermedad, invalidez o vejez» (C.I.C., can. 281, § 2).
(71) C.I.C., can. 281, § 3. Con el término remuneración en el derecho canónico se quiere indicar, a diferencia del derecho civil, mas que el estipendio en sentido técnico, la compensación apta que permita un honesto y congruente sustento del ministro, cuando tal compensación es debida por justicia.
(72) Ibidem, can. 1274, § 1.
(73) Ibidem, can. 1274, § 2.
(74) Cf. Ibidem, can. 281, § 1.
(75) Cf. Ibidem, can. 281, § 3.
(76) Cf. C.I.C., can. 281, § 3.
(77) Cf. Ibidem, cann. 290-293.

REFLEXIÓN


ABRE TU CORAZÓN

Un hombre había pintado un lindo cuadro. El día de la presentación al público, asistieron las autoridades locales, fotógrafos, periodistas, y mucha gente, pues se trataba de un famoso pintor, reconocido artista.

Llegado el momento, se tiró del paño que revelaba el cuadro. Hubo un caluroso aplauso. Era una impresionante figura de Jesús tocando suavemente la puerta de una casa. Jesús parecía vivo. Con el oído junto a la puerta, parecía querer oír si dentro de la casa alguien le respondía.

Hubo discursos y elogios. Todos admiraban aquella preciosa obra de arte. Un observador muy curioso, encontró un fallo en el cuadro. La puerta no tenía cerradura. Y fue a preguntar al artista: "Su puerta no tiene cerradura, ¿Qué hay que hacer para abrirla?"

"Así es," respondió el pintor. "Porque esa es la puerta del corazón del hombre y sólo se abre por el lado de dentro."

Aprovechemos este momento de encuentro para reconocer nuestra falta de apertura a la acción de Dios, a las personas que nos rodean y esperan de nosotros una voz de aliento, un saludo cordial, una actitud solidaria, un gesto de servicio, de acogida, de perdón, de afecto, de amistad.

No podemos reclamar nada de Dios, si no le abrimos la puerta de nuestro interior para que transforme nuestro corazón de piedra en un corazón de carne, sensible frente a las necesidades de los demás y dispuesto a amar sin condiciones.

Que con el trabajo que desarrollemos en los diferentes ambientes de enseñanza / aprendizaje, procuremos, a la manera de Jesús, disponer a nuestros estudiantes a que salgan de su encerramiento egoísta y abran la puerta de su corazón para compartir lo mejor de sí con los demás. Para ello no hay más herramienta que nuestro propio ejemplo.

ESPIRITUALIDAD CRISTIANA


ESPIRITUALIDAD: LA PREGUNTA POR EL "ESPIRITU" QUE NOS HABITA

Marcos Buvinic M., Pbro.




Desde finales de la década de los 70, hemos sido testigos del surgimiento y desarrollo de un nuevo clima y sensibilidad ante la experiencia espiritual. Se trata de un proceso que, entrelazado con otros, atraviesa la vida de la comunidad humana y de la Iglesia.

Este ambiente y sensibilidad se manifiesta - en una de sus vertientes - en el redescubrimiento de la religión y en la búsqueda de experiencias espirituales que comuniquen sentido a una vida personal y social que, a menudo, aparece como fragmentada, dispersa, vuelta sobre sí misma y, en fin de cuentas, errática.

Surgen así, tanto en la Iglesia como fuera de ella, diversos movimientos, grupos y corrientes que buscan y ofrecen la anhelada experiencia espiritual que permita el despliegue personal y comunitario ante un mundo marcado en forma inhumana y asfixiante por la técnica, la especialización, lo objetivable, la utilidad económica.

Además de esta vertiente de reacción crítica ante la modernidad secular, surge desde el mundo de los pobres una rica experiencia espiritual en medio de la lucha por la vida, ante una realidad marcada por la muerte (condiciones inhumanas de vida, muerte prematura e incluso muerte violenta). Es una experiencia espiritual que recorre la vida de la Iglesia y de los pobres desde las pequeñas comunidades rurales y de periferia urbana, que es sostenida por el testimonio generoso de catequistas, animadores laicos, religiosos y religiosas; que es impulsada y acompañada por numerosos pastores, obispos y sacerdotes; que es tematizada por diversos teólogos y enriquecida con sus reflexiones; que es probada en la adversidad y autentificada con el testimonio de los mártires.

Pareciera que, desde las diversas vertientes culturales y socio-económicas, muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo están "en búsqueda". La espiritualidad es, en nuestro tiempo, algo que interesa y atrae, se multiplican las publicaciones sobre el tema, y en medio de las búsquedas y de diversos intentos de respuesta, también se abre espacio la distorsión, la caricatura y la confusión con respecto a la espiritualidad.

I. Las trampas del lenguaje

Nuestro lenguaje es, en última instancia, el vehículo de nosotros mismos; en él se contiene y comunica mucho más que el mero significado de las palabras. Es decir, en él se contiene y comunica todo un universo de sentido, la percepción que tenemos del mundo y de nuestro lugar en él. En el lenguaje estamos abriendo las puertas y ventanas de nuestro mundo interior: del "mundo" que nos habita, y de nuestro modo de habitar el mundo.
De este modo, en relación a la espiritualidad, es particularmente significativo el lenguaje que utilicemos como revelador del fondo de la experiencia que intentamos comunicar. Revisemos, pues, en forma sumaria, algunos lenguajes que se articulan con respecto a la espiritualidad.

A. Lenguaje Dicotómico: Material - espiritual

Para muchas personas, incluso cristianos, el término "espiritualidad" hace referencia a una distinción y oposición con "lo material", con "las cosas terrenas", con "lo práctico y lo concreto"; mientras que "lo espiritual" pertenece "al otro mundo", a "lo abstracto e ideal". Dentro de este lenguaje dicotómico es habitual que "lo material" se considere como algo poco noble, "bajo" y aun despreciable.
El paso siguiente de esta lógica que, a partir de la dicotomía inicial ha colocado a "lo espiritual" en el más alto (e inalcanzable) peldaño, es una llamada a ser "realista", pues "desgraciadamente, hay que vivir en 'este' mundo". El "realismo" no es otra cosa que la llamada a someterse a la lógica de "lo material"; sometimiento que, habitualmente, es vivido con diversos grados de culpabilidad. Pero... "¿qué se le va a hacer? Hay que ser realistas".

Muchas personas que viven según esta lógica, es decir, sometidos inevitablemente a la poco noble condición de "lo material", en el deseo de poder exorcizar la culpa anhelan tener tiempos y espacios para dedicarse a "lo espiritual", el cual es casi automáticamente identificado con "lo que me saca de 'este' mundo"; dedicaciones "espirituales" que son un breve paréntesis para volver al realismo de "lo material" con la culpabilidad relativamente redimida. Y así, de paréntesis en paréntesis...

Estamos aquí ante una estructura típicamente dualista, que separa lo que Dios ha unido en la persona humana y hace de la ruptura entre fe y vida uno de los dramas de nuestro tiempo.

Una antropología dualista opone las dimensiones diferenciadas (espiritual-material, individual-social) de la unidad de la persona humana. En el ámbito de la espiritualidad, en el dualismo subyace una interpretación ontológica de la antítesis paulina de carne y espíritu; interpretación ontológica que rompe la unidad fundamental de la persona, oponiendo las dimensiones diferenciadas y mutuamente dependientes de esa realidad.

B. Lenguaje Subjetivo: mera interiorización

Otro lenguaje que conduce a la caricatura de la espiritualidad es el que procede, ya no por oposición, como el dualismo, sino por una centralización totalizante en el individuo.

Se trata del lenguaje del "para mí", que tiende a presentarse como absoluto e incuestionable desde la experiencia del individuo: "para mí la Eucaristía no tiene sentido", "para mí 'tal cosa' no es pecado", "para mí no tiene sentido preocuparse por lo social porque siempre va a haber pobres", "para mí...", etc.

En el lenguaje del "para mí" subyace una profunda búsqueda de sentido y, precisamente en el ámbito de la espiritualidad, es eso lo que busca: un sentido "para mí". Tener un "sentido para mí" ya es algo; sin embargo, es bastante poco si no consigue ser un "sentido para otros", y es mucho menos si no es expresión de un "sentido en sí mismo" que proviene de la humilde acogida a la realidad. En la búsqueda del "sentido para mí", la experiencia espiritual que se considerará válida será - obviamente - la que tenga "sentido para mí", llegando de este modo al círculo cerrado de un subjetivismo alienante que, a menudo, identificará la espiritualidad con la mera "interiorización". Así, la búsqueda espiritual termina su camino en espiritualismos desencarnados, misticismos volátiles, o sentimentalismos pietistas y a-históricos que, destruyendo la realidad del misterio de la encarnación, concluyen o en lo esotérico (o casi), o en el mero esteticismo, o en la permanente necesidad y búsqueda de experiencias entusiásticas que "motiven" y mantengan vivo el "sentido para mí".

Estamos aquí ante una expresión de una antropología existencialista radical, en la cual el sentido sólo proviene - en última instancia - del individuo, y no de una realidad en la que él se inscribe en relación mutua. En la lógica del "para mí", Dios mismo, incluso, depende del sentido que tenga "para mí"; estamos, pues, ante la idolatría del individuo. Por cierto que el lenguaje del "para mí" tiene el gran valor de poner de relieve la subjetividad y, en ella, resaltar la importancia de la experiencia personal como necesaria reacción ante la estrechez alienante de una conciencia exclusivamente objetiva. Su límite reside en dar paso, precisamente, a la estrechez alienante de una conciencia exclusivamente subjetiva que se basta a sí misma en la búsqueda espiritual y en la asignación de sentido. La espiritualidad cristiana, como veremos, tiene la pretensión de ser exactamente lo contrario, es decir, un sentido radical que es comunicado "desde fuera" como don gratuito.

C. Lenguaje del "hacer"

Un tercer lenguaje que es usado en relación a la espiritualidad, y que también caricaturiza a ésta, es el lenguaje del "hacer". Es un lenguaje que tiene varias vertientes, no sólo diversas, sino divergentes; es el lenguaje de todos los moralismos - sean de "derechas", sean de "izquierdas" -, los que se relacionan a la espiritualidad desde la lógica de "lo que hay que hacer" y de "lo que no hay que hacer". Se trata del lenguaje de las exigencias, de los "deber-ser", de los méritos propios; es decir, es el lenguaje de la "ley" cumplida como obra de la persona humana y que la justifica plenamente ante Dios, permitiéndole acceder ya no al fundamento y sentido de la propia existencia, pues se lo ha dado a sí misma con su "hacer," sino a un "plus" como recompensa.

Esta antropología que funda en el "hacer" toda la proveniencia del sentido, y que en el "hacer" humano resuelve las expectativas más fundamentales de la persona, hace de Dios un personaje superfluo que sólo tiene un eventual espacio "después" del "hacer" como verificación última que aprueba o reprueba; o, en algunas vertientes de este lenguaje, Jesucristo "entra" como un mero ente modélico para mi "hacer" o para mi "praxis".

Siendo, pues, Dios superfluo, la espiritualidad se reduce a una caricatura moralista, a un código a cumplir, a una "praxis" a realizar como condición indispensable. De este modo, en un proceso que muchas veces es casi imperceptible en su gradualidad, el Evangelio de la misericordia y de la gracia de Dios es sustituido por el cumplimiento de la "ley" como obra humana.

Por cierto que el "hacer", la moral, la praxis, tienen su lugar y sentido bien precisos en la vida cristiana como expresión y fruto de la acción de Dios en la persona humana, como la obra del Espíritu en el creyente, que lo libera de la idolatría de sus propias fuerzas y proyectos para introducirlo en el designio de Dios y capacitarlo para colaborar en ese proyecto.

En síntesis, el lenguaje del "hacer" pretende poner - según la expresión popular - la carreta delante de los bueyes; o pretende creer - y hacer creer - que la espiritualidad es como las matemáticas, en las cuales el orden de los factores no altera el producto; sin embargo, en las cosas de Dios, el orden de los factores altera radicalmente el producto, pues sólo Dios es Dios.

En el camino seguido, partiendo de la constatación de que hay muchos "en búsqueda" de sentido y que, por lo mismo, la espiritualidad interesa y atrae, hemos caracterizado en forma sumaria algunos lenguajes que caricaturizan lo que es la espiritualidad; reducción de la espiritualidad a la caricatura que es consecuencia de una reducción antropológica que absolutiza alguna dimensión de la persona humana, distorsión de la persona humana que es expresión de una distorsión radical, la del mismo Dios.

II. La vida según el Espíritu

Al referirnos cristianamente a la espiritualidad, estamos situados ante una vida según el Espíritu (cf.Rom.8,9), una vida nacida, orientada y alimentada por el Espíritu Santo; estamos, pues, ante la experiencia original que hace cristiana a una persona: estar habitada por el mismo Espíritu que habitó a Jesús de Nazaret.

De este modo, esa experiencia es la que intenta ser, primero, radicalmente vivida, y luego, formulada y comunicada en aquello que llamamos "espiritualidad".

Así, la espiritualidad queda situada en su humus original: la experiencia de Dios. No es posible, entonces, referirse a la espiritualidad cristiana como a un mero conjunto de "prácticas" espirituales - del tipo que sean y por importantes y significativas que sean consideradas - sino como la irrupción de algo tan insospechado, tan vigoroso y transformador como es el hecho de que Dios mismo se está haciendo presente de modo singular en la vida de hombres y mujeres.

La vida cristiana está sellada en su mismo origen como la vida del Espíritu de Dios en el creyente; se trata de una vida en la fe - y del mismo proceso de acceso a la fe -, del camino de conversión, del conocimiento y amor a Jesucristo, del deseo y capacidad para seguirlo colaborando en el designio del Padre, viviendo según el proyecto de Dios y sus criterios tal como han sido encarnados para siempre en la vida y enseñanza de Jesús. Toda esta vida es por la intervención del Espíritu Santo (cf. 1 Cor. 2,10-16) comunicado como don gratuito y acogido como tal.

Este vivir según el Espíritu se contrapone a "vivir según la carne" (Cf. Gál.5,16-25), es decir, se contrapone a una vida cerrada sobre sí misma, en una perspectiva sólo terrena y orientada por los criterios y los "esquemas de este siglo" (Rom. 12,2).

La espiritualidad cristiana se refiere, pues, a la vida de Dios Trino en nosotros y, puesto que es una "vida", comporta un dinamismo procesual, un proceso de orientación permanente hacia el designio de Dios. Igualmente, puesto que es una "vida", su carácter procesual de conversión involucra todas las dimensiones de la persona: su pensar, su sentir y querer, y su actuar; es decir, la vida según el Espíritu dinamiza un proceso de transformación y asunción de criterios, valores y actitudes, según Jesucristo. En otras palabras, el don de la vida según el Espíritu dinamiza un proceso de transformación personal que despliega un conjunto de convicciones, de valoraciones, de obras y compromiso, a imagen de Jesucristo.

En su carácter de don gratuito, la vida según el Espíritu es una permanente llamada a nuestra libertad, una llamada que se concreta con nuestra respuesta a una determinada vocación a la santidad y al apostolado. Esta vida es la obra del Espíritu Santo en nosotros, El es nuestro evangelizador que nos conduce a la configuración con Jesucristo, el que inicia y consuma la fe (cf. Heb. 12,2), según el designio del Padre.

III. A modo de síntesis

Cuanto hemos tratado de expresar sintéticamente se podría formular esquemáticamente del siguiente modo:

don gratuito de VIDA SEGUN EL ESPIRITU
proceso de conversión
criterios
vocación
santidad
CONFIGURACION

valores


CON JESUCRISTO

actitudes
respuesta
misión

En esta dinámica engendrada por el don gratuito del Espíritu, la espiritualidad cristiana queda situada, pues, en las antípodas de los lenguajes antes vistos - en lo que ellos se refieren a la espiritualidad: la espiritualidad cristiana viene a unificar y plenificar lo que el dualismo hace dicotómico; viene a romper el círculo cerrado del subjetivismo alienante con una novedosa y radical donación de sentido y llamada a la acción; viene a liberar de toda esclavitud de la "ley" y de los proyectos humanos, por medio del Evangelio de la gracia y la misericordia que introduce en el designio de Dios y capacita para colaborar en él.

Es al interior de esta dinámica de la obra del Espíritu en nosotros que la espiritualidad cristiana se manifestará:
- por su permanente centralidad en la persona de Jesucristo, el autor y consumador de la fe (cf. Heb. 12,2), al lado de quien todas las cosas que antes aparecían como ganancia, se manifiestan como pérdida y carentes de valor (cf. Filp. 3,7-12);
- en la edificación de la Iglesia como comunidad fraterna en misión, a cuyo servicio están los dones del Espíritu (cf. 1 Cor. 12-14);
- en la actitud de acción de gracias que brota de la acogida del don en cuanto tal, de su inesperada novedad, y de contemplar la obra del Espíritu en nosotros y en la historia;
- en el gozo del anuncio del Evangelio, ese deseo profundo de llevar el Evangelio a la vida de los hombres (cf. Rom. 1,14-15);
- en la cercanía a la vida de los pobres, en quienes está misteriosamente presente Jesucristo, y en quienes tiene lugar el juicio de la solidaridad transformadora o de la omisión egoísta e injusta (cf. Mt. 25, 31 ss).

De esta manera, es el conjunto de opciones novedosas, de actitudes y prácticas inesperadas y aparentemente "anormales" - para la lógica de este mundo - que caracterizan el seguimiento de Jesús, las que permiten percibir y hacen creíble la presencia operante del Espíritu en el cristiano, en la Iglesia y en la historia. Allí, en el testimonio de la novedad cristiana que rompe esquemas e inercias mentales y sociales, puede emerger para un mundo "en búsqueda" la pregunta por quién es el que impulsa a esos testigos hacia tales opciones, actitudes y prácticas, cómo los inspira; en fin, la pregunta por cuál es el "espíritu" que los habita.

martes, 20 de noviembre de 2007

LOS MINISTERIOS


Los ministerios y el clero
José María Castillo

Aparición original: "Revista Latinoamericana de Teología" 33(1994)267-284, San Salvador

El punto de partida de cuanto voy a decir en este trabajo es un hecho tan conocido como doloroso para la Iglesia: en los últimos veinticinco años, han abandonado el ministerio ordenado más de 95.000 clérigos. Por otra parte, la crisis de vocaciones sacerdotales se ha hecho sentir en casi todas las diócesis y congregaciones religiosas, de tal manera que muchos seminarios y noviciados han cerrado o se han visto reducidos a su mínima expresión. De ahí que el número de sacerdotes ha descendido de manera alarmante en casi toda la Iglesia. Hasta el punto de que hoy son muchos los pueblos y parroquias que se tienen que quedar sin misa los domingos. Y hay pequeñas poblaciones, sobre todo en América Latina, en donde sólo se celebra la eucaristía dos o tres veces al año. Por otra parte, es frecuente el caso de sacerdotes que tienen que celebrar hasta cuatro o cinco misas los domingos, con el consiguiente peligro de rutina y cansancio por parte del celebrante, que no puede preparar a los fieles y dedicar a la celebración el tiempo y la atención que merece.

Por otra parte, esta situación tiende a agravarse en la Iglesia. La media de edad del clero ha aumentado de manera alarmante, de forma que en muchas diócesis esa media de edad está muy por encima de los 50 años. Lo cual quiere decir que, o se da un inesperado crecimiento de vocaciones sacerdotales, o en los próximos veinte años el número de sacerdotes en la Iglesia se va a ver reducido drásticamente, creando situaciones absolutamente insoportables para los fieles.

Otro capítulo en todo este asunto lo constituyen las críticas que hay contra el clero. Es verdad que muchas de esas críticas provienen del anticlericalismo, tan introyectado en no pocos ambientes de nuestra sociedad. Pero aun reconociendo eso, no cabe duda de que son muchas las personas de buena voluntad que se sienten profundamente identificadas con Cristo y con el evangelio, pero no están de acuerdo en absoluto con el clero y con su manera de actuar(1). Esto supuesto, aquí se plantean cuestiones muy fundamentales: ¿es el clero de institución divina?, ¿es lo mismo hablar del clero que hablar de los ministerios en la Iglesia?, ¿se puede concebir una Iglesia con ministerios variados, pero sin clero?, ¿qué es lo aceptable y qué es lo que no se debe aceptar en la realidad del clero tal como existe en la actualidad? Más aún, ¿es realmente posible una Iglesia verdaderamente liberadora con un clero como el que existe en la actualidad?

Evidentemente, al formular estas preguntas estamos planteando cuestiones muy fundamentales para la vida de la Iglesia. En definitiva, se trata de comprender qué es lo inmutable en el ministerio eclesial y qué es lo que puede -y quizá se debe- cambiar en dicho ministerio.

1. Lo inmutable en el ministerio eclesial

El ministerio eclesial es esencial en la Iglesia porque es esencial en ella la apostolicidad. Y la apostolicidad exige la sucesión apostólica, que históricamente se ha dado y se da en la sucesión episcopal(2). Por eso la jerarquía pertenece a la estructura divina de la Iglesia. Lo cual quiere decir que la existencia de ministros, oficialmente establecidos en cada comunidad eclesial, es un dato que pertenece a la estructura misma de la Iglesia. Y, por tanto, que la presencia de tales ministerios, en cada comunidad eclesial, es un hecho y un elemento que no debe faltar en una comunidad de creyentes en Jesús. Por eso, cuando digo que en las comunidades cristianas tiene que haber ministerios y ministros, oficialmente establecidos, quiero decir que ese hecho es un asunto que no pertenece solamente a la organización de la Iglesia y de cada comunidad, sino que, antes que eso, se trata de un elemento esencialmente constitutivo de la estructura misma de la Iglesia. De tal manera que si una comunidad rechazase, no ya a tal ministro determinado, sino el hecho mismo del ministerio, dejaría de ser, por eso mismo, una verdadera comunidad eclesial(3).
Pero lo dicho necesita una mayor concreción. Ante todo, es importante tener en cuenta que el ministerio oficial de la Iglesia se caracteriza, entre otras cosas, por los poderes que le son propios. Estos poderes, según la conocida doctrina del Concilio de Trento, son el poder de ofrecer y presidir la eucaristía y el poder de perdonar sacramentalmente los pecados(4). Como es sabido, en la actualidad hay teólogos que defienden la posibilidad de que un laico presida la eucaristía, cuando una comunidad eclesial se encuentra en la situación excepcional de no poder disponer de un ministro ordenado para dicha presidencia(5). La autoridad eclesiástica no admite esta posibilidad. Y en todo caso, es necesario tener presente la enseñanza del Concilio Vaticano II según el cual "el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico se ordena el uno al otro, aunque cada cual participa de forma particular del único sacerdocio de Cristo. Su diferencia es esencial, no sólo gradual"(6). Y el mismo Concilio entiende esta diferencia en el sentido de que el sacerdocio ministerial "efectúa el sacrificio eucarístico", mientras que los fieles, "en virtud de su sacerdocio real, asisten a la oblación de la Eucaristía"(7).

Por lo demás, todo este lenguaje conciliar queda abierto a ulteriores precisiones, ya que utiliza la palabra "sacerdote", para referirse a los ministros de la Iglesia. Pero sabemos que este lenguaje es ajeno al Nuevo Testamento, que, como explicaré más adelante, evita cuidadosamente aplicar el término "sacerdote" a los ministros de la comunidad cristiana. Lo cual quiere decir obviamente que "lo sacerdotal", en cuanto "lo sacral" y contrapuesto a lo profano, no pertenece a lo inmutable en el ministerio eclesial.

Lo inmutable, en este ministerio, es la existencia de obispos, en cuanto sucesores de los apóstoles. Y la existencia también de ministros, que han recibido la imposición de manos del obispo y, en consecuencia, están capacitados para presidir la celebración eucarística y para perdonar sacramentalmente los pecados.

Ahora bien, esta realidad, inmutable y simple, de lo que es el ministerio eclesial en sí, se puede llevar a la práctica y se puede vivir de muchas maneras. Concretamente, se puede vivir bajo dos formas fundamentales: o bien haciendo que el conjunto de los ministros de la Iglesia formen un cuerpo de funcionarios de la institución eclesiástica, en cuyo caso tenemos el clero; o bien permitiendo que los ministros de la Iglesia vivan en la libertad de los hijos de Dios, sin más exigencias que las que se derivan directamente de su servicio (ministerio) a la comunidad, bajo la presidencia y dirección, desde la fe, del obispo respectivo. En este caso, no tendríamos un clero, sino simplemente los ministerios que necesita la comunidad.

En principio, esta distinción nos puede resultar extraña, quizá sorprendente, incluso imposible. Tan acostumbrados estamos a identificar clero con ministerios, que la separación de ambas cosas nos parece imposible. Sin embargo, baste recordar que, en los escritos del Nuevo Testamento, se habla ampliamente de ministerios, pero no se menciona para nada el clero. Y no es cuestión de palabras, como enseguida vamos a ver.

Obviamente, el planteamiento, que acabo de enunciar, lleva consigo la desaparición de la distinción entre ministerios clericales y ministerios laicales. Todos los ministerios deben ser laicales, es decir ministerios del laos, del pueblo de Dios. Puesto que el clero, en el sentido que voy a explicar y con las precisiones que voy a hacer, debe desaparecer.

Pero insisto -perdónese la redundancia- en que no se trata de poner en cuestión la estructura jerárquica de la Iglesia. Ni tampoco de negar la necesidad de ministros que, mediante la imposición de manos del obispo, quedan capacitados para consagrar la eucaristía y para perdonar sacramentalmente los pecados. No se trata, por tanto, de rechazar la distinción essentia et non gradu entre los ministros que han recibido la imposición de manos y los que participan del sacerdocio común de los fieles. De lo que se trata es de volver a la inspiración original del Nuevo Testamento. Para así descubrir la verdadera autenticidad del ministerio eclesial. Y encontrar también un camino de solución al gravísimo problema, que se le ha planteado a la Iglesia con la crisis que vive el clero.

2. De los ministerios al clero

Como es bien sabido, el Nuevo Testamento no habla de "sacerdotes" como dirigentes de las comunidades eclesiales, ni se refiere para nada al "orden" o a los "ordenados" en la Iglesia, ni alude en absoluto al celibato eclesiástico, ni indica cómo tienen que ser designados y preparados los ministros de la comunidad, y menos aún trata el tema de cómo tienen que ser las relaciones económicas entre el obispo y los presbíteros. Esta situación se mantiene así durante todo el siglo segundo. Por supuesto, yo sé muy bien que no podemos pedirle al Nuevo Testamento lo que éste no puede dar. Y sobre todo, estoy perfectamente persuadido de que la vida de la Iglesia no se rige por la sola letra de la Biblia, ya que la tradición y el desarrollo dogmático son un enriquecimiento para aquéIla. Todo esto es claro y no admite discusión. Pero lo que aquí hay que preguntarse es si la evolución que se produce, desde los ministerios del Nuevo Testamento al clero que surge siglos más tarde es una evolución coherente con lo que fue la inspiración original del cristianismo o es, más bien, un proceso de degeneración de lo que fue aquella originalidad de la primera hora. El análisis, que voy a hacer a continuación, nos ofrecerá los elementos de juicio necesarios para poder responder a esta cuestión, que es la cuestión central en todo este asunto.

He dicho que el clero es el resultado de la evolución del ministerio. Esta evolución fue lenta y tardó más de setecientos años en cuajar plenamente. Pero hoy estamos en condiciones de describir los elementos que intervinieron en esta evolución y que dieron como resultado esta institución concreta que es el clero. Los pasos que se dieron en esta evolución fueron los siguientes.

2.1. El sacerdocio

Hoy sabemos con toda seguridad que el Nuevo Testamento evita cuidadosamente llamar sacerdotes a los ministros de las comunidades cristianas. Y en general se evita el vocabulario sacral para designar a los ministros. Es decir, no se trata meramente de un argumento "de silencio", en el sentido de que el Nuevo Testamento no habla de "sacerdotes" como dirigentes en la Iglesia. Se trata, sobre todo de que los autores del Nuevo Testamento evitan cuidadosamente llamar sacerdotes a los ministros de las comunidades(8). Esta situación se mantiene así durante todo el siglo segundo(9). Hasta que en el siglo tercero Hipólito, en la Tradición Apostólica (1O), Tertuliano(11)y sobre todo Cipriano, en 147 textos(12), utilizan la palabra "sacerdote" para referirse a los ministros de la Iglesia. A partir de entonces, esta designación se generaliza.

Lo importante aquí es comprender que no se trata de una mera cuestión de vocabulario. Si los autores del Nuevo Testamento expresamente no quisieron llamar "sacerdotes" a los ministros de la Iglesia, eso quiere decir que aquellos autores comprendieron que esa palabra es inadecuada para expresar lo que son los ministros de la comunidad cristiana. En efecto, "sacerdote" es una palabra "sagrada", que expresa una condición y una cualificación "sagrada", y que se aplica a las personas separadas y segregadas de las demás, a los que se considera "profanos". Además, la condición "sacerdotal" comporta una "dignidad" y un "honor", y por lo tanto, el sacerdote es el que esta por encima de los demás. Sin olvidar que el "sacerdote" entraña la condición de "mediador" entre Dios y los hombres.

Ahora bien, todo esto exactamente es lo que quisieron evitar los autores del Nuevo Testamento. Porque, para ellos, el ministerio eclesial es un "servicio" (diakonia) y una "esclavitud" (doulia) (13), o sea, lo más radicalmente opuesto a una dignidad y un honor.

La razón profunda de este planteamiento está en lo que, de hecho, fue el sacerdocio de Cristo: él no vino para ser servido, sino "para servir y dar su vida" (Mc 10, 44; Mt 20, 27). Esto quiere decir, según la carta a los Hebreos, que el sacerdocio de Cristo no fue ritual, sino existencial. Es decir, lo que Cristo ofreció no fue una ceremonia ritual dignificante, sino el fracaso y la muerte de un subversivo, que desestabilizó la religión y el sistema establecido. Por eso, el sacrificio cultual de los cristianos es la misma existencia de Cristo (Heb 2, 14; 5, 7-8; 7, 27; 9, 9-14; 10, 5-9; 12, 2), de tal manera que el mismo Cristo es la nueva víctima sin mancha que sustituye a todas las demás ofrendas (Heb 4, 14; 9, 14; 10, 6-7); y la oblación cultual del cristianismo es, ni más ni menos, el sufrimiento de Jesús (Heb 2, 18; 5, 9), que es el único mediador. Por consiguiente, en la Iglesia, no hay más "dignidad" ni más "honor" sacerdotal que el que consiste en el servicio, en la entrega de la propia vida y en el fracaso de un ajusticiado. En esto consiste el sacerdocio de Cristo. Pero, es claro, a esta cruda realidad no se le puede llamar "sacerdocio" como categoría dignificante de los que presiden en la comunidad.

Y sin embargo, en la Iglesia se ha impuesto "lo sacerdotal" como categoría que separa, que pone aparte, que dignifica y da honor, que sitúa a un individuo por encima de los demás cristianos, que cualifica y confiere derechos y privilegios. De esta manera, los que detentan esta dignidad excelsa se sienten, inevitablemente, por encima de los demás. Y forman una casta aparte, la casta sacerdotal. A todo lo cual hay que añadir el hecho de que los "sacerdotes" se constituyen en "mediadores", siendo así que el único "mediador" es Cristo.

He aquí, pues, la primera característica del clero, que no arranca del Nuevo Testamento, sino que está al margen de él. Así empezó el proceso de degeneración del ministerio eclesial. Así, el servicio y la esclavitud se convirtieron en honor y dignidad. De tal manera que, con un lenguaje sacral y religioso, en realidad lo que se estaba expresando era y es un proceso de mundanización. La adulteración del ministerio empezaba a ser patente.

2.2. El orden

Hoy estamos acostumbrados a hablar del "sacramento del orden". Y lo consideramos de institución divina. Por eso hablamos de los "ordenados" como lo más natural en la Iglesia. Sin embargo, aquí hay que hacer una distinción fundamental: una cosa es la imposición de manos como gesto sacramental mediante el cual se confiere el ministerio, y otra cosa es el ordo y la ordinatio como realidad sobreañadida al ministerio. Y vuelvo a decir que no se trata de una cuestión de palabras. Se trata de realidades muy profundas, como enseguida vamos a ver.

De nuevo hay que advertir aquí que el Nuevo Testamento no habla ni de ordo, ni de ordinatio, ni de ordinati. Los autores de aquel tiempo sabían muy bien lo que significaban esas palabras. Y por eso las evitaban. En efecto, ordo y ordinatio eran, en aquel tiempo, conceptos clave en la organización de la sociedad y del imperio(14), porque eran los términos clásicos para designar el nombramiento de los funcionarios imperiales, sobre todo cuando se trataba del emperador mismo. Lo cual indica claramente la tendencia de los ministros eclesiales a distanciarse del pueblo y a acomodarse, en la medida de lo posible, a los notables y grandes de la sociedad. Pero no se trata solamente de eso. Porque, además el ordo tenía, en el imperio romano, la significación secundaria de clase social, de tal manera que existían tres ordines: el de los senadores (ordo senatorum), el de los caballeros (ordo equitum) y el de la plebe o pueblo llano (ordo plebeius). Y es importante tener en cuenta que, en las comunidades cristianas, se asumió esta terminología precisamente para diferenciar netamente a los ministros (ordenados) del resto de la comunidad y la comunidad misma. Los "servidores" de la comunidad pasaron a ser los notables y los que dominaban a la misma comunidad.

Estas ideas sobre el "orden" y la "ordenación" se introducen, en la Iglesia en tiempo de Tertuliano(15) y adquieren carta de ciudadanía en tiempo de Cipriano(6). Pero de tal manera que, para Tertuliano, la diferencia entre los "ordenados" y la "plebe" es el resultado de una decisión eclesiástica(17), mientras que para Cipriano, unos años más tarde, esta diferencia es una disposición divina(18).

Así, el ministerio eclesial vino a sufrir una nueva modificación: los ministros de la comunidad se consideraron en un orden superior a la comunidad y se constituyeron en centro de la misma. De esta manera, la Iglesia se dividió en dos categorías de personas: los "sacerdotes ordenados", como la categoría superior, con responsabilidad y mando; y la plebe o los laicos como la clientela consumidora de los servicios religiosos que los dirigentes ponían a disposición de los fieles. Había nacido el clero.

Aquí es importante notar que mientras en las iglesias que aparecen en el Nuevo Testamento el centro de cada una es la comunidad toda entera, en las iglesias del siglo tercero, el centro ya es el "sacerdocio ordenado". Antes de Constantino ya se produjo la inversión que dio el cambio radical a la Iglesia. Y es obligado recordar que, en algunos casos, se llegó a verdaderas aberraciones. Por ejemplo, la Didaskalia, en el siglo tercero, llega a exaltar hasta tal punto al obispo, que lo compara con Dios y lo sitúa en lugar de Dios. En este sentido, los textos resultan sorprendentes: "El primer sacerdote y levita para ustedes es el obispo; él es el que les imparte la palabra y es su mediador... ; él reina en lugar de Dios y ha de ser venerado como Dios, porque el obispo les preside en representación de Dios"(19). Y más adelante: "Estimen al obispo como la boca de Dios"(20). Más aún: "Amen al obispo como padre, témanle como rey, hónrenlo como Dios"(21). Aquí ya no se trata de una sacralización de los "sacerdotes ordenados", sino de una auténtica divinización. Por eso, lo característico del obispo no es el servicio y la entrega, sino la potestas o exousia, de tal manera que al obispo se le dice lo siguiente: "Juzga, obispo, con potestad como Dios"(22). Más no se puede decir en esta verdadera apoteosis de exaltación y hasta divinización del clero. Evidentemente, todo esto no tiene que ver nada con la letra y el espíritu del Nuevo Testamento.

2.3. El celibato

No voy a repetir aquí una historia que ya es de sobra conocida(23). Sólo quiero hacer algunas indicaciones que me parecen importantes.

En cuanto a la enseñanza del Nuevo Testamento, lo primero que hay que decir es que san Pablo permaneció soltero, con vista a una mayor disponibilidad para la misión (cfr. 1 Cor 9, 23; 7, 32). Pero el caso de Pablo, al igual que el de Bernabé, fue una excepción, ya que en la primera carta a los Corintios 9, 5 el mismo Pablo afirma que los demás apóstoles, incluido Cefas, iban acompañados por una mujer creyente, que sin duda tenía que ser su esposa. Y conste que el texto afirma que esto era un derecho que tenían los ministros del evangelio. Por otra parte, en las cartas posteriores se dice que los presbíteros-obispos tienen que ser esposos de una sola mujer (1 Tim 3, 2; Tit 1, 6), es decir, maridos fieles (24), y tienen que educar bien a sus hijos (1 Tim 3, 4; Tit 1, 6). Como indica A. Lemaire, el autor de estas epístolas prescinde de la cuestión del celibato en lo que respecta a los ministros de la Iglesia; para él, el estado normal del "presbítero-epíscopo" es el de casado y con hijos(25).

Como es sabido, a partir del siglo cuarto (Concilio de Elvira), se impone a los ministros la obligación de la continencia matrimonial. Los presbíteros y diáconos estaban casados, pero desde la ordenación como diáconos (a los 30 años) se tenían que separar de sus legítimas esposas en cuanto se refiere a la vida conyugal. La razón de esta medida fue la interpretación sacral, porque se tenía el convencimiento de que la sexualidad impurifica para la oración y el acercamiento al altar. Es decir, desde el momento en que se considera a los ministros de la Iglesia como "sacerdotes", o sea, personas "sagradas", resultaba lógica la imposición de la continencia sexual. Siglos más tarde, en el Segundo Concilio de Letrán (año 1139), la ley de la continencia se convierte en la ley del celibato: a los ministros se les prohibe casarse y se declara nulo el matrimonio de los ordenados in sacris. Por lo que se refiere a los obispos, se les prohibió el matrimonio además por razones económicas: para evitar que los bienes de la Iglesia pasaran a los sucesores, hijos o nietos.

Evidentemente, la historia del celibato eclesiástico pone de manifiesto la visión tan negativa que ha tenido la Iglesia acerca de la sexualidad humana. Dos ejemplos nada más. En el siglo XI, cuando aún se les permitía a los ordenados in sacris estar casados y sólo se les prohibía llevar vida conyugal con sus legítimas esposas, san Pedro Damián dice lo siguiente: "¿Cómo no violará el templo de Dios aquel a quien se prohibe el comercio carnal, si se construye a sí mismo como prostíbulo de petulante injuria? Arroja de sí al Espíritu Santo en el que había sido signado y en su lugar introduce el espíritu de la libido"(26). Y en el siglo XII, el Segundo Concilio de Letrán, en el Canon 6, al privar de oficio y beneficio eclesiástico a los clérigos que tomasen esposas, les dice lo siguiente: "pues debiendo ser y parecer como templo de Dios, vasos del Señor, sagrario del Espíritu Santo, es indigno que sirvan a las camas y las inmundicias".

No cabe duda. Con visión tan negativa de la sexualidad, la institución eclesiástica no podía permitir que sus ministros llevaran vida matrimonial. Pero han pasado muchos años y los tiempos han cambiado. Hoy la Iglesia aprecia el matrimonio y predica que el amor conyugal es algo santo y digno de toda estima. Entonces, ¿por qué empeñarse en seguir con la ley del celibato como ley absolutamente obligatoria para todos los clérigos de la Iglesia latina? Sin duda alguna, yo creo que inconscientemente sigue influyendo la antigua visión pesimista de la sexualidad. Pero aparte de eso, pienso que existe una razón muy poderosa para imponer el celibato a todos los clérigos: una institución, cuyos funcionarios son célibes, se domina y se maneja con más facilidad y con más eficacia que una institución cuyos funcionarios son casados, No digo que este principio actúe a niveles conscientes. No lo sé. Por supuesto, de este asunto no se habla jamás en los discursos oficiales y en los documentos eclesiásticos. Pero es indudable, desde mi punto de vista, que el criterio que acabo de apuntar, está presente y operante en la negativa de la autoridad eclesiástica a reconsiderar la conveniencia o inconveniencia de mantener, a toda costa, la ley del celibato obligatorio para todos los "sacerdotes" de la Iglesia latina.

Y pienso que no es difícil justificar el principio que he apuntado antes. Empezando por lo más elemental: un conjunto de funcionarios célibes resulta más barato que un conjunto de funcionarios casados, con hijos y con obligaciones familiares. El valor económico es determinante en este asunto, aunque la mayor parte de las veces ni siquiera se piensa en ello. Por otra parte, es evidente que un individuo célibe es más manejable que un individuo casado. Al soltero se le puede cambiar de destino y, en general, es más sumiso que el que tiene que cumplir con otras fidelidades, concretamente la fidelidad a la esposa y a los hijos. En el lenguaje eclesiástico, se suele hablar, cuando se toca este punto, de disponibilidad para el servicio del reino de Dios. Y no cabe duda que una persona célibe está en condiciones de tener una disponibilidad y unas posibilidades que, por lo general, no puede tener el casado. Pero si el verdadero problema fuera realmente la disponibilidad, los dirigentes eclesiásticos, o sea, los que defienden a capa y espada la ley del celibato, empezarían ellos los primeros por dar ejemplo, yéndose a servir al reino en el último rincón de la tierra en vez de permanecer en sus cargos y destinos de privilegio. Así las cosas, a cualquiera se le ocurre pensar que en este asunto de la ley del celibato juega un papel decisivo el conocido privilegio psicológico según el cual, quien domina la sexualidad de una persona, domina y maneja más fácilmente a esa persona. Así, la ley del celibato es ley de poder. La institución, de esta manera, maneja, controla y domina a sus funcionarios con una seguridad, una facilidad y una eficacia que no se daría si los clérigos estuvieran casados.

Por supuesto, los principios y motivos teológicos que se aducen en favor de la ley del celibato, son principios y motivos de un alto valor religioso, al menos en muchos casos y en líneas generales. Pero lo que habría que demostrar es que esos principios y esos motivos justifiquen una ley universal y obligatoria para todos los que se sienten llamados al ministerio. Ahora bien, esto hasta ahora no se ha demostrado con el Nuevo Testamento en la mano. Ni creo que se pueda demostrar. Más bien, lo que el Nuevo Testamento nos dice es lo contrario. Y en todo caso, se puede y se debe afirmar que la institución eclesiástica no tiene derecho a dejar a tantos cristianos sin el auxilio de la Palabra y sin el servicio de los sacramentos, para mantener una ley humana de la que se sigue inevitablemente una falta de ministros para atender debidamente a las comunidades eclesiales.

En definitiva, se trata de comprender que, por un camino nuevo, nos hemos encontrado, otra vez, con la distinción y la distancia que separa a los ministerios del clero. El ministerio es el servicio en una Iglesia cuyo centro es la comunidad. El clero es el cuerpo de funcionarios en una Iglesia cuyo centro es el mismo clero. Y ha quedado claro que la ley del celibato es una de las piezas clave de este cuerpo de funcionarios.

2.4. La designación de los ministros

Por los datos que nos aporta el Nuevo Testamento, parece que la designación de los ministros en la Iglesia primitiva era el resultado de un acuerdo entre el candidato, la comunidad y los otros ministros (27). Así en el caso de Timoteo (1 Cor 4, 17; 16, 10; Flp 2, 19) y en el de Tito (2 Cor 8, 16-19). En cambio, Epafrodito es designado por la comunidad de Filipos y Pablo se limita a aceptarlo (Flp 2, 25). Lo fundamental es que lo mismo el candidato que la comunidad y los ministros estén de acuerdo en la designación. En cualquier caso, es decisivo el papel de la comunidad, como consta por la Didajé (XV, 1s) y por el texto de Hechos 6, 3: "Hermanos, busquen especialmente entre ustedes siete hombres de buena reputación". Ya antes, Matías había sido elegido por votación popular (Hch 1, 26). Como sabemos igualmente que Bernabé y Saulo fueron enviados a la misión por toda la comunidad de Antioquía (Hch 13, 2-3). Sin duda alguna, ésta fue la práctica normal de la Iglesia durante los siglos primero y segundo.

A comienzos del siglo tercero afirma la Tradición Apostólica de Hipólito: "Que se ordene como obispo al que ha sido elegido por el pueblo, que es irreprochable... con el consentimiento de todos"(28). Años más tarde, exactamente en el 250, en la persecución de Decio, hubo tres obispos españoles, los de León, Astorga y Mérida, que negaron la fe y dieron malos ejemplos a los fieles. Ante semejante escándalo, las comunidades afectadas depusieron a los mencionados obispos. En tal situación, uno de ellos, Basílides, acudió al papa Esteban, que lo repuso en su diócesis. Pero la comunidad, que estaba en desacuerdo con semejante decisión, acudió a Cipriano, obispo de Cartago y hombre de eminente prestigio en las iglesias de España. Dada la gravedad del asunto, Cipriano reunió un concilio en el que participaron 37 obispos. Este concilio dio un decreto que se contiene en la Carta 67 de Cipriano. En sustancia, la carta viene a decir tres cosas: en primer lugar, el pueblo tiene poder, por derecho divino, para elegir a sus ministros(29); en segundo lugar, el mismo pueblo tiene también poder para quitar a los ministros cuando son indignos(30); y en tercer lugar, ni el recurso a Roma debe cambiar la situación, cuando ese recurso no se basa en la verdad(31). Como se ve, la organización eclesiástica, en aquellos tiempos, era muy distinta de la que se implanta a partir del segundo milenio. El centro de la vida de la Iglesia estaba en la comunidad, de tal manera que el mismo Cipriano afirma con toda naturalidad: "Desde el principio de mi episcopado determiné no tomar ninguna resolución por mi cuenta sin vuestro consejo y el consentimiento de mi pueblo"(32). Y es que durante todo el primer milenio, el principio rector, en la designación de los ministros de la Iglesia, era el formulado magistralmente por san León Magno: "El que debe ser puesto a la cabeza de todos, debe ser elegido por todos"(33). Es más, se tenía el firme convencimiento de que el obispo no debía ser impuesto a quienes no lo aceptaban, puesto que se requería el consentimiento del clero y del pueblo. Así lo formuló el papa Celestino I en una frase que se hizo famosa y que pasó al Decreto de Graciano: Nullus invitis detur episcopus. Cleri, plebis et ordinis, consensus ac desiderium requiratur.

Esta forma de designar a los ministros de la comunidad se mantuvo así, con toda regularidad, hasta el siglo XI. A partir de Gregorio VII, se inicia la larga serie de intervenciones papales en las que los romanos pontífices van interviniendo, cada vez más, en el nombramiento de los obispos. Hasta que finalmente el Concilio de Trento, en los decretos de reforma, dio por supuesto y decidido que los obispos eran designados por la autoridad romana, marginando así definitivamente a la comunidad (34).

El hecho fuerte que aparece en esta historia es que la institución eclesiástica actuó de tal manera, que se pasó del protagonismo de la comunidad hasta la anulación de la misma. Dicho de otra manera: la institución clerical asumió la responsabilidad y el protagonismo en el nombramiento de sus funciones. De esta forma, los funcionarios perdieron inevitablemente libertad y pasaron a depender más radicalmente de la autoridad suprema. Lo cual, a su vez, comportaba y comporta un control mayor del vértice de la pirámide sobre todos sus subordinados.

Pero no es esto solo. Porque, en el clero, el problema no es solamente el acceso al ministerio. El clero está organizado de tal manera que en él se dan, de hecho, una serie de promociones, nombramientos y ascensos, que van desde el incipiente coadjutor de parroquia hasta el gran honor del episcopado e incluso hasta la gloria del cardenalato. Ahora bien, todo esta carrera de posibles ascensos no depende de un escalafón reglamentado, sino siempre de la voluntad del superior (35), sobre todo de la voluntad de la autoridad romana, que, a través de sus nuncios, sus diversos dicasterios y su complicado sistema de informes secretos, controla a sus funcionarios de una manera eficacísima. De todo lo cual resulta una consecuencia inevitable: con bastante frecuencia, los clérigos se preocupan más por no desagradar al superior del que dependen que por servir con libertad evangélica a la causa del reino de Dios. Así, la institución eclesiástica gana en eficacia y en control sobre sus subordinados, pero pierde inevitablemente en coherencia evangélica. De nuevo nos encontramos con la sustitución y la distancia que separa el clero del ministerio original de la Iglesia.

2.5. La cuestión económica

Todos sabemos que las relaciones económicas juegan un papel muy importante en la vida. ¿Cómo funciona este asunto entre los clérigos?

Lo primero que se debe recordar a este respecto es que el Nuevo Testamento reconoce el derecho que tiene el ministro de la comunidad a vivir de su ministerio (1 Cor 9, 13-14; Mt 10, 10; Lc 10, 7). Pero al mismo tiempo hay que recordar también los numerosos textos en que san Pablo afirma que él renuncia a ese derecho para no crear dificultades al evangelio (1 Cor 9, 12; 1 Tes 2, 9; 4, 10ss; 2 Tes 3, 6-12; 1 Cor 4, 12; 9, 4-18; 2 Cor 11, 7-12, 13-18; Hch 20, 3 3-35; cfr. Hch 18, 1-4). Esta abundancia de documentación demuestra que este asunto era importante para Pablo. Y en el fondo nos viene a decir que el mismo Pablo reconocía que el derecho a vivir del ministerio puede ser un obstáculo para la comunicación del evangelio. De ahí la opción de vivir de un trabajo secular. Por eso, parece que en las comunidades primitivas los ministros de las iglesias locales continuaban ejerciendo su profesión, como en el caso de Priscila y Aquila "fabricantes de tiendas de campaña" (Hch 18, 3).

Sin duda alguna, este estado de cosas, se mantuvo así durante mucho tiempo. En la alta edad media, los clérigos que no disfrutaban de un beneficio suficiente trabajaban como todo el mundo. En el año 1139, el Segundo Concilio de Letrán manda que "los presbíteros, clérigos, monjes, peregrinos, comerciantes y campesinos, que se dedicaban a la agricultura, y llevan al campo semillas y ovejas, estén seguros en todo tiempo" (36). La misma legislación se encuentra en el Concilio de Clermont (año 1130)(37) y en el Concilio de Reims (año 1131)(38). Por tanto, es claro que todavía en el siglo XII, los clérigos (al menos muchos de ellos) se ganaban la vida con el sudor de su frente.

Pero algunos años más tarde, en 1179, el Tercer Concilio de Letrán modificó sustancialmente esta situación. En efecto, este concilio decretó que "el obispo, si ordena a alguno de diácono o de presbítero sin un beneficio cierto del cual perciba lo necesario para la vida, le proporcione lo necesario, hasta que en alguna iglesia se le asigne el dinero conveniente para la milicia clerical; a no ser que quien es ordenado goce de una herencia suficiente para vivir"(39). En realidad, lo que aquí se legisla es más importante de lo que parece a primera vista. Porque esta ley vino a modificar y sustituir lo que había decretado el Concilio de Calcedonia, que en su Canon 6 declaró inválidas las llamadas "ordenaciones absolutas", es decir aquellas ordenaciones en las que un sujeto era ordenado sin relación a una comunidad concreta(4O). En el fondo, esto quería decir que solamente se consideraba ministro verdadero y válido de la Iglesia aquel que era llamado y aceptado por una comunidad. Pues bien, este principio, esencialmente comunitario, fue sustituido en el Tercer Concilio de Letrán por el principio económico de la conveniente sustentación del clérigo (41).

De esta manera, la comunidad cristiana quedó nuevamente marginada y en su lugar se estableció el principio según el cual los clérigos pasaran a depender económicamente de la institución eclesiástica. De lo cual se siguieron dos consecuencias prácticamente inevitables. En primer lugar, en el estado clerical entraron muchos individuos que lo que querían era vivir sin trabajar (42), con la consiguiente degeneración de costumbres en el estamento eclesiástico. En segundo lugar, al depender los clérigos económicamente de los obispos, éstos ejercieron un control mucho más fuerte sobre el clero. Porque, inconscientemente, las relaciones entre el obispo y los clérigos no eran ya relaciones basadas únicamente en la fe, sino que, además de eso, eran relaciones económicas, por más que ni siquiera se pensara en ese asunto. Y como la relación económica es lo que más radicalmente pervierte toda relación evangélica (cfr. Mt 6, 19-24), así los clérigos no sólo se vieron más limitados en su libertad, sino que además se pervirtieron, muchas veces inconscientemente, en sus relaciones de fe. Por decirlo con claridad: de esta manera, en el clero entró mucha gente que lo que, en el fondo, quería era hacer carrera. Y a decir verdad, muchos, efectivamente, lo consiguieron.

En la actualidad, la mayor parte de los obispos no suelen consentir que sus clérigos ejerzan profesiones civiles. El argumento de los obispos es que los hombres de Iglesia deben dedicarse, a tiempo completo, al ministerio y al servicio de las almas. Pero es indudable que, en todo este asunto, influye también, de manera decisiva, el motivo económico: evidentemente, un individuo, que tiene su economía resuelta independientemente del obispo, es más difícilmente manejable que el que depende del prelado en sus ingresos. Y es claro, los obispos no suelen querer prescindir de este mecanismo de control que les facilita el gobierno de sus diócesis.

Por otra parte, es claro que muchas de las tareas que ahora desempeña el clero podrían ser realizadas por la comunidad, si los clérigos renunciaran a ser el centro de todo, en la vida de la Iglesia, y si la comunidad tuviera mayor responsabilidad y participación efectiva en la gestión de los asuntos.

3. Conclusiones

1. El ministerio eclesial es esencial en la Iglesia y pertenece a su estructura divina e inmutable. La apostolicidad de la Iglesia comporta la sucesión apostólica, que históricamente se ha dado en la sucesión episcopal. Ministros de la Iglesia no son solamente los obispos, sino también los presbíteros, que mediante la imposición de las manos de los obispos reciben los poderes de presidir y consagrar la eucaristía; y también de perdonar sacramentalmente los pecados. Por tanto, la diferencia entre los ministros oficiales de la Iglesia y los demás fieles es esencial y no meramente gradual.
2. En la Iglesia y en la teología católica se suele identificar el ministerio con el clero, porque se suele considerar que el clero es el desarrollo natural y positivo del ministerio del Nuevo Testamento. Pero cuando se piensa de esa manera no se tiene debidamente en cuenta que el clero se ha configurado históricamente por unas características que, de hecho, han pervertido el ministerio original de la Iglesia.

3. Estas características son cinco.

Primera, la sacralización "sacerdotal" de los ministros, que los ha situado en un rango aparte en la comunidad, otorgándoles una condición de "mediadores" con una "dignidad" y un "honor", que están en contra del espíritu y de la letra del Nuevo Testamento.

Segunda, la elevación de los ministros a la categoría de "ordenados", lo que significa colocarse por encima de la comunidad, constituyéndose en centro de la misma y marginando a los laicos en la vida de la Iglesia.

Tercera, la imposición obligatoria de la ley del celibato, para todos los ministros de la Iglesia latina, lo que de facto está privando a muchísimos fieles de los auxilios espirituales a los que tienen derecho, y además crea una dependencia indebida de los clérigos con respecto a la institución eclesiástica.

Cuarta, la marginación de la comunidad en la designación de los ministros, de tal manera que la elección y la promoción de éstos sólo depende de la voluntad del superior, lo cual fomenta en la Iglesia un tipo de relaciones que muchas veces se orienta más a no desagradar al superior que a anunciar libremente y con espíritu profético el evangelio.

Quinta, la dependencia económica de los ministros con respecto a la institución eclesiástica, lo que inevitablemente pervierte evangélicamente las relaciones entre los ministros y la institución, generando el espíritu de funcionarios que, unas veces de manera inconsciente y otras veces conscientemente, quieren hacer carrera.

4. Todo esto quiere decir que a la institución eclesiástica no le basta la fe para relacionarse con sus ministros. Además de la fe, necesita otros mecanismos de control, que hacen de los ministros un cuerpo de funcionarios al servicio del sistema institucional. De esta manera, la institución eclesiástica gana en eficacia lo que pierde en coherencia evangélica. De ahí, el clericalismo y el anticlericalismo que tanto daño hacen a la Iglesia.

5. Por otra parte, este sistema de funcionamiento, en la Iglesia, condena inevitablemente a los laicos a la pasividad y a la irresponsabilidad. Por mucho que se fomente la teología y la espiritualidad del laicado, este estado de cosas no cambiará en la Iglesia mientras la institución clerical permanezca intacta.

6. Todo lo dicho hasta ahora explica, al menos en parte, la prevención y la resistencia que existe, en altas esferas eclesiásticas, hacia la Iglesia "popular", las comunidades de base y en general hacia la Iglesia que nace del pueblo. Lo que en la mayor parte de los sacerdotes de la Iglesia popular se rechaza no es el ministerio del Nuevo Testamento, sino el clero. El problema, en la mayor parte de las comunidades de base, no es la Iglesia paralela, ni la desobediencia al papa y a los obispos. Las comunidades aceptan la estructura jerárquica de la Iglesia y se someten a ella. Lo que quieren estas comunidades es una Iglesia en la que el clero no tenga el protagonismo que tiene, es decir, una Iglesia cuyo centro esto real y efectivamente en el pueblo de Dios, es decir, en la comunidad con sus ministros.

7. Mientras el clero siga funcionando en la Iglesia como hasta ahora funciona, difícilmente la Iglesia va a poder ser eficazmente liberadora. Porque la institución clerical genera unos mecanismos de protagonismo, por una parte, y de sometimiento y dependendencia, por la otra que no son fácilmente conciliables con lo que, de hecho, debe ser una Iglesia auténticamente liberadora.

8. Otra consecuencia que se sigue de todo lo anterior es que debe desaparecer la distinción entre ministerios clericales y ministerios laicales. En la Iglesia, todos los ministerios deben ser laicales, es decir, del laos, del pueblo de Dios.

9. En última instancia, se trata de comprender que lo que debe desaparecer es la distinción entre clérigos y laicos, en el sentido explicado. En la Iglesia sólo debe haber laicos, cada uno con su carisma y su ministerio al servicio de la comunidad, bajo la presidencia del obispo. Entre estos diversos ministerios estará siempre el ministerio que ha recibido, mediante la imposición de manos del obispo, el poder de presidir y consagrar la eucaristía y el poder también de perdonar sacramentalmente los pecados. La vida de estos ministros no debe distinguirse de la del resto de los fieles, porque se trata de tomar en serio que todos, en la Iglesia, estamos llamados al seguimiento de Jesús y a la perfección evangélica.

CASTILLO, José María., Para comprender los ministerios de la Iglesia, 79-91.

ORACIÓN


La oración en la vida de Jesús


Todos reconocemos en Jesús a un verdadero modelo de hombre de oración. Desde niños la catequesis nos ha presentado este aspecto central en la vida de Jesús. Sin embargo, ¿cuánto sabemos, en realidad, de la oración en la vida de Jesús? y, ¿cuánto de lo que sabemos tiene una sólida base bíblica? Los evangelistas, en especial, Lucas, nos presentan varios rasgos de la oración de Jesús. Conocer estas característícas puede animar nuestra propia vida de oración y renovar nuestra fe.

Para comenzar, amigo lector, te quiero pedir dos cosas:

- Primero. Hacer el esfuerzo intelectual de dejar de lado (por el momento) todas las opiniones, juicios de valor, detalles, etcétera, que recuerdes sobre la oración de Jesús. Aunque pueda ser díficil, te pido que te acerques al tema como si fuera la primera vez que escuchas de él. La intención de esto: dejarse sorprender por la Palabra de Dios. Intentar escuchar su voz. Encontrarse con el Jesús que nos transmiten los evangelios. No buscar justificaciones a nuestras creencias, sino dejar que sea Dios quien nos hable, a través de su palabra escrita.


- Segundo. Con la Biblia en la mano te invito a realizar un ejercicio muy instructivo. Recorrer los cuatro evangelios anotando las citas de todos los momentos en que Jesús aparece orando o se hace referencia a la actitud de oración de Jesús. A continuación vas a encontrar una lista ya hecha. Puedes seguir adelante, si te interesa leer de corrido el artículo. Pero lo que realmente vale la pena, es recorrer lentamente cada página del evangelio, para encontrarte con Jesús orando. Sólo así, podrás tener una visión más integral del sentido de la oración en su vida, y, de las características de su estilo de oración. Las citas que señalamos a continuación están dentro de un contexto que es bueno leerlo para situarlas en el momento y circunstancias en que sucedió lo que se narra en la cita.

La oración en la vida de Jesús.Recorrida por los cuatro evangelios

Primer acercamiento. Listado de las citas que hacen referencia a la vida de oración de Jesús.
a) Evangelio de Marcos:
1, 21 participaba de la oración del día sábado en la sinagoga.
1, 35 Ora de madrugada, en lugares tranquilos, en soledad.
1, 39 frecuentaba las sinagogas (que eran casas de oración)
6, 41 bendice los panes y pescados en la multiplicación de los panes.
6, 46 luego de la multiplicación de los panes (y de esa jornada de enseñanza al pueblo), se va al cerro a orar.
7, 34 antes de curar al sordomudo mira al cielo y suspira conmovido.
8, 8 en la segunda multiplicción de los panes da gracias y bendice los alimentos.
9, 29 la oración le da fuerzas para superar el poder del mal.
11, 24-25 enseñanzas sobre la oración.
14, 22-24 bendice y da gracias en la Ultima Cena.
14, 32 ss ante la adversidad y el conflicto se retira a orar en Getsemaní para buscar la voluntad del Padre.
15, 34 en la cruz, próximo a la muerte, ora con las palabras del salmo 22.
b) Evangelio de Mateo
6, 5-8 Enseñanzas sobre la oración: no aparentar, en secreto, con pocas palabras.
6, 9-13 Enseña el padrenuestro
11, 25 Oración de alabanza de Jesús al Padre
14, 19 Bendice y da gracias por los alimentos en la multiplicación delos panes.
14, 23 Sube al cerro a orar solo.
15, 36 Da gracias en la segunda multiplicación de los panes.
26, 26 Bendice y da gracias en la Ultima Cena.
26, 30 Canta los Salmos en la Ultima Cena.
26, 11 ss Ante la proximidad de la muerte se retira a orar para buscar la voluntad del Padre.
26, 46 Al morir, se dirige al Padre con un lamento del Salmo 22.
c) Evangelio de Lucas
2, 46 En el Templo, la casa de su Padre, a los doce años de edad.
3, 21 En el momento de su bautismo, se encuentra orando
4, 1-2 Antes de iniciar su predicación se retira al desierto y ora durante 40 días.
4, 3- 12 Al ser tentado responde con la fuerza de la Palabra.
4, 16 ss Tenía la costumbre de ir a la sinagoga (la casa de oración) los días sábado.
5, 16 Buscaba lugares tranquilos para orar.
6, 12-13 Antes de elegir a sus discípulos sube al cerro y pasa la noche en oración.
9, 16 Bendice los alimentos en la multiplicación de los panes.
9, 18 Se retira a lugares apartados para orar
9, 28 Sube a un cerro a orar y mientras estaba orando se transfigura.
10, 17 A la vuelta de la misión de los setenta y dos, bendice y da gracias al Padre.
11, 1 ss Al ver cómo él oraba sus discípulos le piden que les enseñe a orar.
11, 2 ss Les enseña el Padrenuestro.
18, 1 ss Enseña a sus discípulos la necesidad de perseverar en la oración (ser constantes).
18, 9 ss Les enseña la humildad en la oración.
22, 17-19 Da gracias en la Ultima Cena.
22, 39 Como era su costumbre, fue a orar al monte de los Olivos.
22, 40 Les enseña a sus discípulos a orar para no caer en la tentación.
22, 41 ss Ante la proximidad de la muerte ora para buscar la voluntad del Padre.
23, 46 Al morir, sus últimas palabras se dirigen al Padre con un Salmo (31).
24, 30 Los discípulos de Emaús lo reconocen al bendecir y partir el pan.
d) Evangelio de Juan
2, 13 Participa de las Fiestas de su pueblo.
5, 1 Participa de las Fiestas de su pueblo.
6, 11 Da gracias por los alimentos en la multiplicación de los panes.
11, 41-42 Se dirige al Padre para darle gracias porque siempre lo escucha, antes de resucitar a su amigo Lázaro.
17, 1 ss Jesús ora, antes de morir, por el nuevo pueblo santo.

Características de la vida de oración de Jesús:

Segundo acercamiento. Buscando las constantes que se repiten en la vida de Jesús.
En listado precedente puedes encontrar varios textos que se repiten, especialmente en los sinópticos. También puedes descubrir citas que pertenecen a un solo evangelista. Comparando y agrupando las referencias señaladas podemos extraer algunas conclusiones.

- Jesús es una persona acostumbrada a orar. La lectura de cualquiera de los evangelios sinópticos nos entrega la imagen de un Jesús que reza con asiduidad y dedicación.

- Jesús participa de la religiosidad de su pueblo. Va a las sinagogas (casas de oración) y a las Fiestas de Procesión aJerusalén.

- La oración de Jesús está integrada a su vida y a su misión.

- Jesús le da importancia a la oración. Busca lugares y momentos para estar solo y poder orar con libertad y entrega. Supera los legalismos de los tiempos determinados para rezar. Jesús ora en la vida y prolonga muchas veces los momentos de oración que, como buen judío, debía dedicar diariamente.

- La oración de Jesús es un encuentro de intimidad con el Padre. Cuando Jesús ora (salvo la oración con el salmo 22 en la cruz) se dirige a Dios llamándolo Padre. La palabra Abba, que encontramos en los evangelios como característica de Jesús significa Papi, Papaíto, y era una manera sencilla que utilizaban los niños para dirigirse a su padre." Este término arameo, nacido en el lenguaje familiar y que era en su origen una palabra infantil, no se encuentra en ningún lugar en las oraciones judías. Constituye seguramente una forma de hablar propia de Jesús ..." (Abba, el mensaje central del Nuevo Testamento, pág. 86. Jeremias, Ed. Sígueme).

- Jesús conoce la Escritura y reza con ella. Tanto en el relato de la tentación en el desierto como en la cruz encontramos a Jesús haciendo referencia atextos de la Escritura.

- Jesús ora en los momentos difíciles. Cuando se enfrenta a decisiones, cuando debe discernir cuál es la voluntad de Dios. Qué es lo que Dios quieere de él. La oración es su lugar de encuentro con la voluntad de Dios.

- Jesús da gracias al Padre. Reconoce la gratuidad del amor de Dios y lo alaba.

- La oración de Jesús contagia, despierta interés, anima a los demás. Los discípulos quieren aprender a rezar como él. "Es lógico suponer que los discípulos de Jesús le pedían que les enseñara una oración que fuera el signo característico de su grupo, esto es, un formulario que completase las oraciones tradicionales o las sustituyera pura y llanamente...Se le pide a Jesús una fórmula de oración en correspondencia con el contenido de su mensaje: 'Enséñanos a orar dela forma como deben hacerlo los hombres que desde ahora formen parte del reino que va a venir' ". (Abba, el mensaje central del Nuevo Testamento, pág. 86. Jeremias, Ed. Sígueme).

- Jesús supera los formulismos de la oración judía, que consisitíaprincipalmente, como vimos, en recitar oraciones de memoria, y se dirige a Dios con palabras sencillas, con el lenguaje de todos los días. Incluye la oración en la vida cotidiana.

¿Cómo rezaba el pueblo judío en tiempos de Jesús? El pueblo judío era un pueblo piadoso que sabía rezar y tenía una larga tradición de vida de oración. La oración tien un lugar bien determinado en la vida del pueblo y en su religiosidad. Desde pequeños se enseña en la familia, y también en la instrucción religiosa en las sinagogas, los preceptos relacionados con la oración. Los judíos dos veces al día, al amanecer y al atardecer, recitaban la confesión de fe en el Dios lque los había liberado de Egipto. Desde niños se transmitía esta recitación, conocida como Shemá, que se acompañaba de endiciones. Además tenían otros tres momentos de oración: a la mañana, a la tarde y a la noche. En estas horas se rezaba con una larga oración llamada Thephillah y se sumaba las peticiones de cada uno.

Pensando en nuestra oración:
¿Cómo nos dirigimos a Dios? ¿Confiamos en El como nos muestra Jesús?
¿oramos solamente por nuestras necesidades, o ante problemas?
¿Acudimos a Dios cuando debemos tomar decisiones?
¿Buscamos un momento y un lugar para rezar en nuestra vida diaria?
¿Fundamentamos nuestra oración en la Palabra de Dios? ¿Rezamos con los Salmos?

En la vida de Jesús la oración es el encuentro con el Padre y con su voluntad. A través de ella Jesús toma fuerzas para llevar adelante su misión y ser fiel a Dios.
Si queremos compartir el Reino y seguir a Jesús tenemos que aprender a orar como él, en la vida, para que la vida se haga oración, y la oración fuente de Vida nueva.